El Nuevo Borinkén

by Jose Ortiz

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En la madrugada del 20 de septiembre del 2017, Atabey, nombre Taíno para nuestra madre naturaleza comenzó a azotar a Puerto Rico con unos vientos feroces, arrasando a su flora y marcando una terrible devastación con su paso aterrador. Sus aullidos se podían escuchar a través de la brisa, limpiando a su isla con una profunda agonía. Su enfado se había entrelazado con la tormenta y un viento enloquecido, brotando manantiales tempestuosos por todos los rincones del pequeño archipiélago. Durante su trayectoria, el cauce de todos los ríos y las lagunas se salió, despojando a muchos puertorriqueños de sus viviendas. Inundando a un montón de pueblos, una corriente de aguas salvajes se llevó consigo a objetos y animales. Mientras María arrancaba con una fuerza atroz los techos, las puertas y las ventanas de los edificios, los puertorriqueños sintieron al pánico metérsele por las venas de sus cuerpos, temiendo que ese fuera el último día de sus vidas. Largas horas envueltas entre suspiros agitados y súplicas transcurrieron, poniéndoles los pelos de punta el ojo catastrófico que masacró al país.

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Su huella desastrosa culminó al cabo de lo que pareció una eternidad, vistiendo a Borinkén con un manto negro. Demoliendo a los postes de luz, el sol se escondió con temor bajo las oscuras penumbras, fundiéndose la claridad entre una penitencia sin consuelo. Escuchándose llantos y lamentos a través de la distancia, la tristeza cubrió a nuestro pedacito de patria con un velo de luto, castigándola María sin clemencia. Regidos por un calor asfixiante que la tempestad provocó en toda la nación, la incertidumbre cambió el rumbo de todos, oprimiendo el corazón de la Isla bendita y cicatrizando el espíritu borinqueño. A pesar del trágico fenómeno que maltrató sin piedad a la tierra del edén, los puertorriqueños se unieron al prójimo, alimentando una nueva esperanza que surgió de sus bravos espíritus.

Aquellos que tenían generadores, le pasaron extensiones a sus vecinos para compartirla. El agua se convirtió en un elemento sagrado que aprendieron a valorar. Aunque muchos lo perdieron todo, supieron agradecerle a Dios que estaban vivos. Compartían la comida y sus techos generosamente con los más desafortunados. Durante las largas filas para comprar gasolina, comida o retirar dinero en los bancos, se miraban el uno al otro con una sonrisa mezclada de una complicidad y melancolía, reconociendo que jamás podrán olvidar aquella experiencia. A pesar de aquel desorden, agobio y pesadumbre por ver tanta devastación, a las semanas de lo que parecía una pesadilla incapaz de despertar, los ángeles comenzaron a rociar a la preciosa perla de los mares con una brisa refrescante, implantando en sus corazones una nueva esperanza.

Puerto Rico regresó a los tiempos del jibarito cuando la electricidad no existía en los montes. De noche, las flemas encendidas alumbrando a los hogares, danzaban con la música de percusión que llenaba el silencio. Las notas melodiosas de las guitarras, los cuatro, las maracas, los tambores y los güiros retumbaban más allá de un horizonte que plácidamente dormía entre un cielo que brillaba con más intensidad que nunca. El eco del jolgorio de los niños jugando se entrelazaba con las cantos de los adultos, arropando sus sueños una brisa de alivio y el plácido sonido del coquí. El hambre y la sed los enseñó a valorar el pan de cada día, compartiendo lo poco que tenían, y agradeciendo por la abundancia que enriquecía sus espíritus.

La oscuridad que reinaba cuando el sol descendía, plantó nuevos luceros en sus almas, aprendiendo que aunque fueran ricos, pobres, poderosos o débiles, todos pasaban por lo mismo. Percibiéndose una nueva hermandad, se unieron para juntos sanar la profunda cicatriz que marcó a la Isla del Encanto. Así como hace un siglo atrás nuestro querido jibarito amanecía con el canto del gallo, sintiéndose infinitamente orgulloso de ser hijo de Borinkén; con sus corazones en sus manos y sus frentes hacia adelante los sobrevivientes de María encontraron una nueva fortaleza que surgió del monstruoso temporal. La vida dejó de pasarles por ingrata, recordando que el 20 de septiembre pudo haber sido el último día de sus vidas.

by Jerry Valentín

A pesar de la masacre que dejó una multitud de árboles desprendidos, un sinnúmero de ruinas sin techos, y escombros que se ven por donde quiera; por obra de magia, la navidad llegó a Puerto Rico con un sentimiento mezclado de nostalgia y esperanza. La belleza natural de Borinkén y la alegría que nace del espíritu boricua ha comenzado a manifestarse en la naturaleza. Las aves emiten en sus cantos alabanzas que ofrecen paz y prosperidad. Las flores que sobrevivieron a María embriagan al ambiente con un una esencia embrujadora. La luz de las puestas del sol germinó en la vegetación, renaciendo de sus raíces una fuerza potente. La fauna ha regresado de sus escondites, arropando a la noche con sus cantos de cuna. Durante los apagones de luz, las estrellas resplandecientes descienden del cielo llenas de promesas, mientras la luna desvanece a las tinieblas.

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Después de limpiar a su tierra bendita, Atabey comenzó a sanarla con su magia gloriosa, premiándola con sus arco iris milagrosos. En cada corazón boricua una nueva lucesita se ha encendido, volviendo a surgir esa alegría tan particular que tanto los caracteriza. Agrandándose sus espíritus bondadosos, y agradeciendo el pan de cada día, ellos alzan sus brazos con júbilo y sus frentes bien en alto, sonriéndole a sus ángeles y afirmando con determinación que el nuevo Borinkén, la tierra del edén y del Altivo Señor; ¡SI SE LEVANTA!

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